Rojo
Ayer, mientras regresaba de viaje y las pupilar corrían por los campos castellanos, pensé en cómo las amapolas se agarran a la tierra; en cómo aguantan el calor y en cómo, al extraerlas cuál muelas, se desvanecen en milésimas de segundo. Nunca podría ni podré tener un ramo de esas delicadas flores salvajes en una jarra de agua fría a la entrada de casa… es imposible.
No se puede velar siempre por un tallo famélico ante los fenómenos naturales, como no se debe estimar un ababol cuando se vive cerca de un huracán, no soportaría el viento fuerte. Sufriría(mos) demasiado.